Corrían los locos años setenta cuando Mao Zedong empezaba su carrera como icono del pop. Como dice el proverbio oriental: «No hay oro puro, ni hombre perfecto». Setenta y nueve años después del nacimiento y cuatro años antes de la muerte del Grant Timonel, Andy Warhol utilizaba el retrato de Mao que preside la entrada a la Ciudad Prohibida como imagen para una de sus series más representativas: Mao (1972).
Cuarenta años después de su creación, la famosa serie del artista estadounidense se vendía por casi un millón de dólares en una puja organizada en Nueva York por Phillips de Pury & Company, una de las casas de subastas más prestigiosas del mundo. De alguna manera, ese día el capitalismo le ganó la partida al líder de la Revolución Cultural.
Una vez más, tal y como escribía hace una década Beatriz Celis a propósito de la explotación comercial de la imagen del Che Guevara, parece claro que «el culto a la imagen alimentado por la cultura del consumo es capaz de fagocitar a sus más pernicioso enemigos en un formato comercial, listos para la venta.
Si bien fue Andy Warhol el artista que elevó a Mao Zedong a la categoría de icono del arte pop, no fue el primero que introdujo al líder comunista en la cultura de masas. En el año 1952, Philippe Halsman, el hombre que hizo saltar a Marilyn, fusionó la la cara de Mao y la de la esta última en este dando lugar a un inquietante retrato. Al fin y al cabo, los polos opuestos se atraen.
Desde entonces, han sido muchos los artistas que se han inspirado en la cara del dictador. Puede que Yu Youhan, el padre de la pintura abstracta y del «pop político» en China —movimiento que combina las técnicas del arte pop occidental, la iconografía comunista y la simbología de la sociedad de consumo—, haya sido uno de los artistas chinos que más ha transgredido con la imagen de Mao.
Una de sus obras, Mao y la niña rubia a análisis (1992), es una parodia de la pintura mecánica producida en China durante el oficialismo de la época de Mao. La presencia de una niña rubia, poco frecuente en China, hace referencia al modo en que el arte maoísta sustituyó las tradiciones artísticas chinas por las importadas de Occidente.
En 1994, el año que Mao Zedong hubiese cumplido 100 años, Yu Youhan pintaba Mao y la Estatua de la Libertad, una obra que enfrenta los valores del socialismo y del liberalismo y El cumpleaños de Mao, un lienzo muy colorido en el que el líder aparece salpicado por flores. El artista afirmó que había pintado al líder comunista rodeado de flores para representar que había sido un hombre poderoso.
Once años después, veía la luz el famoso Sin título (Mao-Marilyn). Una vez más, lo que había separado la política, lo unía el arte. El dictador chino y la novia de América eran, una vez más, pareja de baile gracias a Yu Youhan.
Hoy en día, Mao no solo inspira obras de arte; es la «musa» de creativos y diseñadores de producto. La cara de Mao aparece estampada en toda clase de objetos que hacen las delicias de los más hípsters, los hiperconsumistas de lo cool: tazas, cojines, camisetas, tote bags…
Mao es lo más.